Aquí está la parte gratificante.
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Nosotros lo queremos creer y lo creemos,
pero en la vida diaria las cosas son más áridas y
lo son de modo bastante habitual, los cambios son tan lentos que es
difícil distanciarse, tomar perspectiva y poderlos apreciar.
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Durante los primeros años
todo fue más fácil y más agradable. Era un
nene bueno con sus preculiaridades y sus problemas. Fue la época
de adaptarse a nuestra familia y todos a una situación nueva,
y hubo mejoras muy obvias.
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Posteriormente (hoy es ya un
preadolescente) las cosas (la vida, su vida) parece que necesariamente
se complican: la exigencia escolar, crecer e ir asumiendo pequeñas
(para él no tanto) obligaciones, encajar su historia personal
y familiar, el deseo (y la muy remota) posibilidad de volver con sus
padres, los porqués de tantas cosas que un niño no puede
entender (por qué no sé nada de...; por qué no
me quiere...; por qué si dice que me quiere,...).
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En todos los aspectos que he comentado
anteriormente (y en otros que no he comentado) las cosas han mejorado,
lentamente y con altibajos.
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La simple fantasía de que
el niño hubiera pasado estos años en una residencia
es devastadora. Estamos convencidos de que en este sentido el
acogimiento ha sido radicalmente beneficioso para él y
de que hay una persona en camino.
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Sabemos que nos quiere más
que ayer pero (probablemente) menos que mañana.
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También que, a pesar de que
la realidad apunta como muy improbable que pueda suceder, él
querría vivir con su padre y su madre, dice que los
quiere más que a nosotros y podemos hablar de todo esto porque
él siente que es así y de todo esto se puede hablar
porque a veces la vida es así.
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Dificultades actuales:
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las ya mencionadas, en general
la lentitud o las limitaciones para maduración afectiva
e intelectual.
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la perspectiva de un niño
con dificultades serias para convertirse en un adulto autónomo.
- La responsabilidad asumida (¿hasta
los 18 años?), la inquietud por las fuerzas y los apoyos
futuros para paliar las dificultades a afrontar.
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