3. Desde que se nos propone el niño hasta que se formaliza el acogimiento.

 
  • La memoria guarda y desempolva lo que puede.

  • En Junio de 1998 visitamos al niño el el centro de acogida en dos ocasiones los dos adultos y otra vez (ó 2) después con las hijas. Hablamos con las responsables (la admirable directora y la que se ocupaba más de el niño). Nos contaron la parte de la historia del niño que conocían. También qué le gustaba, en qué estado había llegado con unos tres años y medio. No hablaba. No andaba.

  • Nos hablaron bien de su familia que lo visitó alguna vez. Cuando llegó el momento de traerlo a casa nos entregaron la documentación disponible (sanitaria, …) del niño.

  • De estas mujeres recordamos haber recibido información útil (era bueno, sólo jugaba a comiditas, …) y entregada con urgencia, amor (lo de en beneficio del menor, vamos) y pocas consideraciones protocolarias ni administrativas.

  • La impresiones que todos tuvimos entonces del niño era que era muy niño, muy majo, que hablaba poco y pobremente, que de motricidad gruesa o fina andaba escaso, que le gustaba realmente mucho jugar a comiditas y también arrimarse a mí (al adulto varón de la familia).

  • La última visita antes de venir a casa fue a principios de ese verano. Fuimos a la zona de Mundaka a pasar el día. Nos arrimamos a la playa. Era un día hermoso y soleado, el niño vio (probablemente por primera vez) el mar y dijo “¡Cuánta sopita!”. Jugamos (a comiditas) y pasamos bien el día.

  • A primeros de Julio vino a casa en principio en período de acoplamiento.

  • En ese tiempo nos movíamos bastante en verano fuimos a pasar alguna semana en la costa de en un piso pequeño con unos amigos que tenían un hijo y una perra. El niño se aseguraba con alborozo de que en la cocina había muchos utensilios, se alarmaba al ver la nevera aún vacía y se ponía extraordinariamente excitado y feliz cuando hacíamos la compra. Colaboraba como un camarero profesional poniendo la mesa y moviendo la comida, se levantaba de madrugada “a cocinar”,….

  • De muy distintas maneras (ignorando, desobedeciendo) maltrataba a las mujeres adultas. Ellas (Pili y nuestra amiga) lo sentían como un maltrato bastante severo. Con el único con el que parecía dispuesto a tener una relación era conmigo.

  • Creía, y así siguió durante algún año, que la perra era hija de nuestra amiga.

  • Todos los días, muchas veces, durante muchas semanas, se negaba a salir o entrar, subir o bajar,… (de la casa o la furgoneta, por ejemplo). Le decíamos que si no quería se quedaba, trabajábamos el asunto, le explicábamos lo que íbamos a hacer y que probablemente medio segundo después de que le dejáramos berrearía aterrorizado, se negaba, nos girábamos, y medio segundo después berreaba aterrorizado.

  • Fuimos a algún sitio más ese verano. No sabíamos cuánto se desestabilizaba cada vez que cambiábamos de casa o lugar.

  • Tardamos un tiempo que no pudimos entender en recibir algún documento que acreditara nuestra relación con el niño.

  • A pesar de todo lo anterior no tuvimos la sensación de que las cosas empezaran mal.